En el corazón de este relato ancestral, la palabra clave es «enfrentamiento». Caín, el primogénito, labraba la tierra con las manos callosas por el trabajo, mientras que Abel, el más joven, cuidaba de las ovejas con una devoción que se desbordaba de sus ojos límpidos. Entre ellos brotaba una rivalidad silenciosa, como las sombras que bailan a la luz de la luna, presagiando un destino que se tejería en las entrañas de la Tierra.